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Mis días con Carmelo

Ilustración: Paco Catalán, más de su trabajo da clic aquí.

“Si no encuentran a sus dueños, yo me quedo con él”, escribí impulsivamente en Facebook. No lo medité, no esperaba que se hiciera realidad, mucho menos reflexioné que, en ese momento, mi salario no era suficiente para renta, comida y transporte de dos personas.

Incluso, por aquellos días lloré al teléfono contándole a mi papá que, literalmente, me quedaban cinco pesos en la cartera y que hasta el día siguiente me pagarían.

Un perro a bordo era una locura.

El mensaje de Luis me cayó pesado: “ya no podemos tenerlo, necesito enviártelo”.

#LaVidaConCarmelo

No sabía decir no y de inmediato me puse a pedir prestada una transportadora para que me lo enviaran de León a Ciudad de México. Al menos seríamos mi hermana, el perro y yo, tres leoneses, bajo un mismo techo, pensé.

Llegó a la siguiente semana. La transportadora me la regalaron (no sabré nunca agradecer ese bello gesto); una chica en un grupo de Facebook lo trajo sin cobrarme “yo también extraño a mis perritos”, dijo; Pedro me acompañó a recogerlo y cuando salió de la Kennel no supe qué hacer.

Era un perro más grande de lo que pensaba y, además, muy raro: enorme y a la vez chaparro, su cara era parecida a la de un labrador, sus patas eran cortas, chuecas y apuntaban hacia afuera, su cuerpo alargado como un salchichón, su pelo corto, tupido y café (café perro, dice mi hermana, del color que coloreas a un perro cuando tienes 5 años), una lengua mitad morada mitad rosada y una cola erguida y peluda.

Mi hermana Paulina y yo le apodamos: El Metaperro.

En realidad tuvo muchos apodos, la mayoría ridículos: Caniche, Chuchi, Chuchiberto, Chuchístico, Perri, Chuchichú, Chiquichí.

Su nombre era Carmelo, pero igual respondía a Cosme y la fusión de ambos: Cosmelo.

Era inteligente. Estoy segura de que jamás he tenido un perro tan inteligente como él.

Pero me costó quererlo.

Mi condición en ese momento no me permitía encariñarme con él, al menos no rápidamente. Me acababan de diagnosticar depresión. Había días en que no podía pararme de la cama. Ir al trabajo (mi trabajo soñado) era un suplicio. No podía escribir y para eso me pagaban, para escribir.

Carmelo hizo que me amaneciera más temprano, a veces apenas comenzaba a clarear cuando ya estábamos caminando por el Centro Histórico. Con el tiempo, incluso, comenzamos a trotar juntos.

A veces —no siempre, no lo suficiente— al llegar del empleo salíamos a caminar. Llegábamos al Zócalo, caminábamos por la calle Madero casi vacía de noche, nos metíamos a la Alameda por Bellas Artes y volvíamos juntos a casa. 

Me costó meses sentir que lo quería. Tuve que conocerlo, entender sus manías, aceptarlas y luego celebrar sus rarezas.

No sabemos si era cachorro o tenía dos años cuando llegó, cuánto tiempo pasó en la calle, si lo habían maltratado (el olor y ruido de los puestos de barbacoa lo ponían excesivamente nervioso), pero sí sabíamos que le encantaba jugar con su comida antes de engullirla: le ladraba, corría por toda la casa, la tomaba suavemente en el hocico, la lanzaba y después de un rato la comía con gusto, hasta parecía que la saboreaba. Se tomaba su tiempo para masticar y disfrutar su bocado. Era todo un ritual.

Se ponía de buen humor con The Withest Boy Alive y bailaba conmigo cuando sonaba “I can change” de LCD Soundsystem. 

Era territorial y si no dormía en mi cama, sintiéndome cerca, se orinaba en el comedor.

Fue un vagales y bravucón con otros perros, pero casi siempre buscaba la caricia y el cariño de los humanos. Eso sí, si no le caías bien podía ser muy molesto.

Tal vez lo estoy humanizando demasiado, pero lo conocí bien. Y él me hizo conocerme mejor.

Ahora que lo pienso a la distancia, me ayudó a ser menos confiada, a ser más tolerante y paciente y, debo decirlo, su presencia fue “mi terapia de shock” a la obsesión por la limpieza. Simplemente acepté que con un perro la casa no dura reluciente, ordenada y los pelos vuelan por todos lados.

Yo lo saqué de la calle, y él a mí de la cama.

Carmelo me sacó de la cama… pero no de la pijama.

Me gustaría decir que fue un buen intercambio, pero le quedé a deber.

Su partida todavía duele y de nadie es la culpa. Siempre fue vago, necio como la chingada, escurridizo, buscapleitos y sumamente inteligente.

No valen los hubieras, pero ¿a quién engaño? Son inevitables ante una partida tan abrupta.

Carme, Carmelito, Chuchichú: ojalá te hubiera sacado más a pasear, te hubiera preparado las quesadillitas que tanto te gustaban y te hubiera abrazado más para que, hasta en el cielo de los perritos, supieras que te adoro y que no hay suficientes gracias por espantar a los fantasmas de mi cabeza y los de la casa, por cuidarme de gente malintencionada, por bailar con tus patitas chuecas.

Nuestra corta historia, Carmelo, me enseñó a construirme como adulta responsable de mí y de otros. Me enseñaste, con toda tu peludencia, a profundizar en el amor silencioso y la compañía honda. Gracias siempre. Te amo siempre.

3 comments on “Mis días con Carmelo

  1. Te entiendo , es una relación que algunos no entienden. Nosotros tuvimos que dormir a Covadonga pero nos mandó un angelito llamado poncho y lo amo.

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  2. Patricia Atxurra

    Ay Anita te entiendo perfecto y el Carmelo era un amor que parecía sacado de la película de Toy Story. Te mando un abrazo sin pelos pero con corazón

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  3. Me encanto la frase que dice: Yo lo saque de la calle y el me saco de mi cama. Que bonita historia. Sin duda, Carmelo fue una herramienta que se te fue enviada para que salieras adelante, una luz para la obscuridad en la que estabas.. Te mando un abrazo

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