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Mi Kashbah es tu Kashbah: un sitio mágico en la colonia Obrera

Renato corre al fondo de la pista sólo para regresar y aventarse sobre sus rodillas mientras hace lip sync al ritmo de “The Edge of Glory” , de Lady Gaga. Se pone de pie y, justo cuando la cantante grita I’m on the edge with you!, se quita la peluca para revelar que no es la princesa del pop, sino un hombre. El reflector del fondo genera un resplandor a su alrededor, y la canción sigue mientras todos gritamos como si de verdad estuviéramos en un concierto de Gaga.

—¡Un aplauso para Lady Gaga! Y ahora con ustedes… Dulce, la cantante.

Deshacerse de la peluca es mucho más que un truco; es un recordatorio de que detrás de la fantasía hay un ser humano dejando su ser en el escenario. Creo que eso es lo que más me atrae de Kashbah: es un lugar humano. A veces somos menos de diez personas en el público, a veces está lleno. De cualquier forma, todos entramos al juego y nos emocionamos durante la hora y media de este show.

En el número 285 de la calle Bolivar, en la colonia Obrera, está Kashbah Le Club. Sí, se encuentra en medio de una de las colonias más inseguras y peligrosas de la Ciudad de México. Sin embargo, una vez que cruzas ese portón negro, ese sentimiento de peligro se esfuma. No es elegante, (¿qué espacio LGBT+ lo es?). Muchas de las personas a las que he llevado tardan en entrarle simplemente por su aspecto, pero una vez que el reloj llega a la 1:30 AM sus rostros se transforman y están de pie coreando a Nicole, la Selena Quintanilla más convincente que he visto en mi vida.

No quiero decir que jamás olvidaré la primera vez que fui a Kashbah, pero jamás olvidaré la primera vez que fui a Kashbah. Fue un viernes de agosto, y estábamos terminando una junta cuando Joan sugirió que hiciéramos algo. “Quiero llevarlos a Kashbah”. Todos tenían planes, excepto María, Diego y yo. Nos montamos en un uber sin saber a dónde íbamos.

Nos pusieron una cubeta de cervezas en la mesa mientras el reguetón retumbaba en las bocinas. Las mesas están distribuidas alrededor del escenario para que puedas ver el espectáculo desde cualquier ángulo y subirte a bailar a la pista después. De repente los ritmos fueron cambiando: pop, disco, salsa, cumbia, electrónica, circuit. Había de todo para todos, había personas de todas las edades (una vez vi a una señora de unos 80 años aplaudir sin parar), de todas las clases sociales. Había fiesta.

—Ésta es tercera llamada, tercera llamada. Y con ustedes, Acapulco Paradise Show Internacional Ballet.

Era momento de tomar nuestros asientos. Tres figuras —Renato, Danae y Lalo— llenas de plumas y lentejuelas salieron de una cortina al fondo del escenario. Después, dos bailarines —Alan y Juan Pablo— las acompañaron. Dieron un primer número digno de los escenarios de Broadway o el Moulin Rouge. Todos aplaudimos. Estábamos boquiabiertos por lo que acabábamos de ver. Astrid Hadad, Alejandra Guzmán, Kylie Minogue, Katy Perry y otras más nos hicieron pasar una de las mejores noches de nuestras vidas.

Y no es exageración.

Fue tanto nuestro asombro que regresamos a la semana siguiente, y la siguiente, y las tres semanas posteriores. Se volvió nuestra casa por las noches.

Seguíamos yendo a los lugares “de moda”: Baby y Rico nunca nos habían fallado. Conforme transcurría la segunda mitad del 2018, un fenómeno que ya habíamos visto en otros espacios como el Marrakech y La purísima estaba sucediendo. Cada vez veíamos a más heterosexuales asistir a estos antros. No es que tenga nada de malo —mientras más gente celebre es mejor—, pero comenzaron a suscitarse situaciones, incluso violentas, que llegaban a generar un sentir de arrebato. Estos espacios, por los que tanto se ha luchado y se ha procurado, están dejando de ser nuestros.

La vida nocturna siempre ha sido un espacio seguro para la comunidad LGBT+, es en donde podemos expresarnos sin temor al juicio, a las agresiones, donde podemos ser libremente. Aunque nuestra sociedad, al menos en la capital del país, ha tenido grandes avances en temas de diversidad, aún existen vejaciones que afectan profundamente nuestro desarrollo. Es por eso que nos aferramos tanto a estos espacios. Queremos que todos sean parte de ellos, pero siempre con amor y respeto al esfuerzo que nos ha costado tenerlos.

Kashbah es precisamente eso: libertad. Incluso es mejor cuando no hay tanta gente (claro, no creo que los dueños opinen lo mismo). La pista es tuya, el show es más íntimo, su elenco y el staff se vuelven tus amigos. Ahí nunca he sido agredido, el personal jamás me ha tratado mal y, siendo egocéntrico, he ligado más que en cualquier otro antro. He visto actores, directores de teatro, diseñadores, bailarines, contadores, abogados y médicos —hombres y mujeres por igual— dejar de lado sus títulos y permitirse disfrutar de la música y el espectáculo.

Muchos me preguntan si me pagan por “promoverlo”, algunos en broma y otros en serio. No, sólo quiero que los demás pasen una noche como aquella que tuve con Joan, María y Diego. No es por alardear, pero generalmente sucede. A la gente le cuesta entender qué es. A veces les digo que es una Casa de las flores, y pierden el temor. La verdad es que Manolo Caro se queda corto, tanto que las mismísimas Amanda y Yuri de la serie ya fueron a dar show.

Ya no voy cada fin de semana, pero mínimo una vez al mes estoy ahí. Les puedo decir que jamás me aburro. Su intimidad me ha permitido conocer a personas que ahora son grandes amigos. Su fiesta me ha permitido bailar a mis anchas y su gente se ha convertido en viejos conocidos; es algo que los antros de moda no te pueden ofrecer.

En medio del estigma de la Obrera, encontré un lugar en el que me siento yo, al igual que mis amigos –heterosexuales, homosexuales, drag, trans, etc.–. Si un día quieres ir, no lo dudes. Siéntate en mi mesa, toma una cerveza de mi cubeta y pasemos una de las mejores noches de nuestras vidas. Recuerda que mi Kashbah es tu Kashbah.

1 comment on “Mi Kashbah es tu Kashbah: un sitio mágico en la colonia Obrera

  1. Pingback: X. La cárcel de la identidad – Diéresis MX

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