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Mi ciudad era chinampa, pero se le secó el lago escondido

Siempre he sostenido que Guadalupe Trigo debería ser pilar del canon de cronistas de la Ciudad de México. Su contribución es engañosa por breve —de tres minutos y medio según la versión grabada por él mismo— y consistió en inmortalizar a la capital mexicana como “la cuna de un niño dormido” y “un bosque de espejos que cuida un castillo”. No es una aportación menor, pues nos entregó a los chilangos la dosis de poesía necesaria para alimentar el orgullo territorial (ninguna otra ciudad del mundo se pone un sarape para cantarle al amor ni baña su piel morena por las tardes con la lluvia).

Pero basta consultar a unos cuantos capitalinos para descubrir que todos tienen una relación ambivalente con su terruño. Chava Flores registró esa ambigüedad en su célebre “Sábado, Distrito Federal”, una canción que hoy despierta, desde el nombre, la nostalgia de los más entrados en años.

“Los verdaderos héroes nos enamoramos de las feas”, dice uno de los personajes de Decencia, la cuarta novela de Álvaro Enrigue, para referirse a ese estado de resignación al que sucumben quienes a menudo reniegan de la CDMX, pero no permiten que ningún extraño enemigo ose hablar mal de ella.

Las ciudades inevitablemente se transforman, pero la nuestra lo ha hecho de forma terriblemente irregular y en ocasiones a golpe de terremotos. En El día que cambió la noche, José Luis Martínez S. narra las horas previas al sismo del 19 de septiembre de 1985 y describe a la capital como “una ciudad luminosa, divertida, no exenta de peligros y contrastes pero tampoco de emociones”. Luego, tras relatar cómo las placas tectónicas hicieron de las suyas, resume el estado resultante en un puñado de palabras:

“La ciudad era un espanto. La noche nunca volvió a brillar como antes”.

Nueve años antes de la catástrofe, en “La visita al convaleciente” —ese desgarrador poema dedicado a Darío Galicia— Roberto Bolaño le confesaba su amor a la urbe que lo acogió en el ocaso de los sesenta:

[…] a mí me gustaban las calles de México en 1968.
Tenía entonces quince años y acababa de llegar.
Era un emigrante de quince años pero las calles de México lo primero que me dicen es
que allí todos somos emigrantes, emigrantes del Espíritu.
Ah, las hermosas, las nunca demasiado ponderadas, las terribles
calles de México colgando del abismo
mientras las demás ciudades del mundo
se hunden en lo uniforme y silencioso.

En 2017, cuando la tragedia reincidió, Héctor de Mauleón retrató a la ciudad como “un hormiguero desquiciado”, rodeado de una locura “que acompaña sólo a las grandes tragedias”

En este caótico siglo XXI, pensar en la ciudad se ha convertido en un asunto de dimensiones extrageográficas. La reflexión abarca factores ambientales, sociales, históricos y hasta filosóficos. En un texto publicado en el número 87 de la revista Arquine, el arquitecto estadounidense Michael Sorkin se pregunta cuál es la extensión real de la ciudad. El crecimiento y la urbanización —asegura— hacen complicada la tarea de distinguir los límites. “A medida que las ciudades modernas han crecido, sus bordes se vuelven cada vez más elásticos y discontinuos”, escribe. Sin embargo, esa flexibilidad puede conducir —a decir del arquitecto y diseñador Daniel Daou— a la urbanización total, una fase postindustrial en la que las relaciones sociales y los modos de producción están regidos por la influencia de las ciudades en la política, la economía y la cultura.

Nuestra Ciudad de México dejó de ser el catálogo de librerías, cines y taquerías que capturó en tinta Carlos Monsiváis. Quizá fueron los terremotos o quizá el rebautismo que condenó al Distrito Federal al ostracismo definitivo de los libros de Historia.

La ciudad que habitamos hoy dejó de ser chinampa en un lago escondido. Es un monstruo entramado al que la crónica ha sabido deletrear mejor que la poesía. Pero es la ciudad que nos queda y a la que nos negamos —y seguramente nos negaremos— a renunciar.

Bellas Artes. (Foto: Rafael Guajardo)

Acerca de Ángel Soto

Editor web de Laberinto en Milenio | Toco el piano y hago música para audiovisuales | Produzco podcasts

2 comments on “Mi ciudad era chinampa, pero se le secó el lago escondido

  1. Pingback: VIII. La ciudad de las preguntas y respuestas – Diéresis MX

  2. Mi ciudad es asfalto sobre un lago escondido y es tan grande que aún no termino de conocer, pero disfruto mucho habitarla permanentemente.

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