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De cómo la bici me hizo perderle el miedo a la CdMx

Mejor en bici. (Ana Estrada)

Mi relación con la bici no es la del idilio infantil que después madura y se convierte en un estilo de vida. Para mí fue una abrupta necesidad de llegar a la universidad a tiempo y, a mis 18 años, desempolvé la vieja bicicleta de mi hermana, me la llevé a Jalisco y comencé a pedalear por primera vez.

A ratos nos distanciábamos (alguna vez la olvidé más de una semana en el biciestacionamiento de la UdeG, en Ocotlán), luego volvíamos a estar juntas. Algo disfuncional el asunto.

Fue en León donde se volvió una constante: todos los días de casa al empleo y de regreso. Descubrí que las distancias en dos ruedas no son tan largas como parecen y que al sentarme frente a mi computadora el día ya no parecía tan abrumador ni largo.

Pero ese empleo sólo duró cuatro meses y me mudé a la Ciudad de México.

Vaya reto para una relación que apenas comenzaba a asentarse. No quedó de otra, el miedo a la quinta ciudad más poblada del mundo pudo más e impuse un break, tiempo que usé para transformarme en una caminante de largas distancias y obsesiva observadora del Centro Histórico.

Volvimos formalmente este año. Evidentemente nuestra relación no es simbiótica. Soy torpe, no puedo hacer malabares ni dar vueltas cerradas y frenar me resulta más un aterrizaje que sólo plantar mi pie en el suelo.

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Andar en bici “es más rápido que el transporte público tan deficiente de la Ciudad de México“, me dice Agustín Martínez, presidente de la organización Bicitekas. Le doy la razón mientras compartimos experiencias.

Pedalear es más sano emocional y físicamente que subirse al Metro o Metrobús, es liberador y da seguridad. Lástima que la infraestructura ciclista es deficiente —y peligrosa—.

No es secreto que la inversión pública se ha enfocado en privilegiar la movilidad en automóvil y las personas quedamos relegadas; de mil 485 km² de extensión de la ciudad, sólo 170 km lineales tienen infraestructura ciclista.

Las consecuencias se resienten: de entre seis continentes, 38 países y más de 200 ciudades, la Ciudad de México es la segunda con el peor tráfico de América Latina (sólo detrás de Bogotá) y la cuarta de todo el mundo, según INRIX 2018.

Las cifras no mienten, pero lo que no se mide no mejora y hacer de esta, nuestra ciudad, un lugar viable para vivir en dos ruedas es posible.

“Es un reto, pocas ciudades tienen la extensión que tiene la Ciudad de México, sin embargo, hay ciudades con un esquema multimodal”, eso significa, explica Agustín, que puedas subir la bicicleta al metro o al tren y así acercarte a la parte interna de la urbe.

“Ese tipo de facilidades en ciudades latinoamericanas es difícil por el número de habitantes, esto tiene que ver con el modo de desarrollo que hemos creado en esta ciudad que está muy enfocado —y casi toda la inversión pública— es para infraestructura para el coche, lo que genera alternativas poco amigables para caminar y andar en bici”, sigue Agustín, que sí, vale decirlo, es un ciclista empedernido que combina sus opciones de transporte: recorre a diario unos 20 kilómetros en dos ruedas y unos pocos en Metrobús.

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Invariablemente en la conversación aparecen los peligros diarios: desde autos que te mojan a propósito, hasta quienes te cierran el paso o insultan y, por supuesto, los peligros del transporte público y riesgos de ser atropellado, “me parece una situación denigrante, y a pesar de todo eso, de verdad prefiero no tener coche para pagar todos los gastos que implica, pero además hacer pagar a los demás las consecuencias de una movilidad tan poco eficiente como es el coche“.

Pero la esperanza muere al último y sí, hacer una ciudad amable para peatones, ciclistas y conductores puede ser posible. Pero se requiere voluntad social, política y cultural.

Comenzando con hacer respetar un reglamento de tránsito casi desconocido (e ignorado) tanto por ciudadanos como autoridades, “es increíble ver a los propios oficiales pasándose un alto”.

El gobierno actual propone ampliar la red ciclista a 600 km, fortaleciendo la existente y conectando el sur con el norte, más biciestacionamientos masivos y pasos seguros; pero la intención no es nueva, la administración de Marcelo Ebrard (2006-2012) ya lo había prometido, no sucedió. Desde entonces, nuevas ciclistas como yo hemos llegado a la ciudad y sorteamos autos, autobuses y contaminación.

“La realidad es que ante las alternativas que hay de movilidad, la bicicleta es la mejor opción para mí”, dice Agustín. Y para mí también.

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  1. Pingback: VII. La vida en dos ruedas – Diéresis MX

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