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El lado oscuro del café: los tratos nocivos del comercio

The Conversation
Texto original: Alexander J. Myers

El humilde grano de café es uno de los productos más importantes y comercializados activamente en el mundo. Basta con echar una mirada al consumo de café en Estados Unidos para entender por qué.

En una encuesta realizada por Gallup en 2015, 64 por ciento de los estadounidenses reportaron tomar al menos una taza de café al día y en promedio 2.7. Estados Unidos importa 2.8 mil millones de libras de café verde cada año, y los estadounidenses consumen cerca de nueve libras (cuatro kilos) de café per cápita anualmente.

Si eres como yo, tu café matutino es una necesidad, así que al inicio de mi carrera decidí investigar un poco sobre él. Encontré una historia fascinante pero algo perturbadora que relacionaba la ecología, factores económicos, globalización y finanzas, una que todos los que toman café deberían saber.

Adiós al café bajo la sombra

A principios de la década de 1970, los cafetaleros latinoamericanos comenzaron a convertir sus sembradíos en lo que se denomina un sistema de producción “tecnificado”. En respuesta a brotes de plagas en Brasil durante principios de los 70, los grandes cafetaleros comenzaron a buscar nuevas y más fuertes variedades de café .

Alentados por el gobierno —así como por organismos que ayudan al desarrollo como USAID— muchos de los cafeticultores empezaron a cortar los árboles que creaban una especie de techo que cubría el suelo donde tradicionalmente se ha cultivado café y plantaron en su lugar variedades creadas especialmente para crecer bajo el Sol. Las seleccionadas eran más fuertes y resistentes a las plagas y enfermedades —y también eran menos afectadas si se les aplicaba fungicidas químicos—.

Finca Lerida, Boquete, Panamá (Ken Mayer | Flickr)

Para finales de 1990, los sistemas de cultivo con poca sombra cubrían cerca de 70 por ciento del área de Colombia dedicaba al café y 40 de la de Costa Rica.

Estos lotes tecnificados pueden ser hasta cinco veces más productivos que los que crecen bajo la sombra, pero vienen con consecuencias ambientales significativas. Las fincas de café con un sistema de sombre han probado ser albergue de grandes niveles de biodiversidad, particularmente para insectos y aves migratorias, además de agroecosistemas (aquellos cuyos productos se usan para consumo humano).

Por si fuera poco, un estudio reciente encontró que, de la semilla a la taza, cada taza de café usa cerca de 140 litros de “agua virtual”, que toma en cuenta agua usada para regar, procesar y enviar, así como de consumo. Este número es significativamente más alto para el café que crece bajo el Sol contra el que crece bajo la sombra de los árboles.

Dado que ha crecido fuera del ecosistema más equilibrado que es la arboleda sombreada, el café tecnificado requiere mayores niveles de pesticidas químicos para combatir las pestes. Y como las plantas tecnificadas producen mucho más café y no tienen el beneficio de usar la materia vegetal reciclada, los cafeticultores necesitan más fertilizante para compensar la pérdida de los nutrientes de la tierra año con año. La aplicación de estos químicos pueden tener efectos a largo plazo en la biodiversidad de la región y la salud de la tierra.

Intercambio desigual

En esencia, la tecnificación aplica el modelo industrial-agricultural a la producción de café. Esto, en buena medida, ha incrementado las relaciones de explotación entre consumidores de café en la parte Norte del planeta y los productores en la parte Sur (lo que coloquialmente llamamos “primer” y “tercer mundo”, respectivamente).

Los sociólogos han estado estudiando estas dinámicas desequilibradas durante poco más de un siglo, pero recientemente el asunto ha adquirido un matiz “verde”.

Los economistas ambientales y los sociólogos han desarrollado el concepto de intercambio ecológicamente desigual, el cual sostiene que los países desarrollados externalizan una parte significativa de su “huella ecológica” a aquellos en desarrollo. En otras palabras, los países industrializados utilizan la capacidad de carga ecológica de los territorios en la periferia para compensar el impacto ambiental de su propio consumo.

Los grandes estudios estadísticos lo han confirmado. El sociólogo James Rice encontró que, entre los países de ingresos medios y bajos, aquellos con mayores exportaciones a los países del Norte tenían menor consumo de recursos internos.

De manera similar, el estudio de su colega Andrew Jorgenson confirmó estos resultados, al tiempo que añadió un descubrimiento interesante: que las relaciones entre los importadores del Norte y los exportadores del Sur se volvió más dispareja de 1975 al 2000. Más de un tercio de los países que conformaron la muestra de Jorgenson eran exportadores mayoristas de café, incluyendo a gigantes de la producción como Colombia, Brasil y otros jugadores importantes como Costa Rica, Kenia, Vietnam y México, que alcanzan una parte importante de su Producto Interno Bruto gracias a los ingresos por exportación de café.

Otro estudio reciente firmado por la socióloga Kelly Austin encontró que, incluso después de gestionar su dependencia general de las exportaciones agrícolas, la sujeción de algunos países a la exportación de café como elemento fundamental de su PIB “produce patrones únicos y especialmente dañinos de deforestación, hambre y enseñanza en naciones pobres, en comparación con otras formas de producción agrícola”.

Si ponemos al café al centro de las relaciones comerciales altamente desiguales entre el Norte y el Sur, estos estudios demuestran que la producción de café como mercancía está plagada de múltiples formas de explotación socioecológica.

El PIB de muchos países en desarrollo depende de la exportación de café. (Negative Space)

¿Se puede mejorar?

Han surgido numerosos mecanismos para resaltar estas inequidades, llamar la atención y ofrecer opciones más equitativas.

El certificado de comercio justo promueve la estabilidad económica para los agricultores, pues les otorga un precio base para su café,  impulsa la formación de sindicatos o cooperativas de negocios y fomenta la adopción de prácticas agrícolas sustentables. Un nuevo mecanismo, el comercio directo, permite que los compradores envíen representantes directamente a las fincas de café para observar sus prácticas y desarrollar relaciones de comercio a largo plazo.

Ambas prácticas buscan regresar más dinero a los productores y ofrecerles incentivos para ayudarles a reducir el impacto de su café. No obstante, dependen de la demanda del consumidor y se centran en la voluntad (y capacidad) de los ricos occidentales de pagar precios más altos por su café. Esta demanda podría terminarse rápidamente, dejando a los productores con grandes cantidades de café caro y de alta calidad que nadie querrá.

Un cambio duradero tendrá que venir de tratados internacionales, así como de modificaciones de la economía y política de las tierras cafetaleras. Pero por ahora, estos sistemas de comercio alternativo son un paso más en la dirección correcta para evitar que la explotación socioecológica se siga diseminando en la industria de hoy.

Traducción: Mariana R. Fomperosa y Ángel Soto

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