Entrevistas

Cómo vivo de tomar fotos para Instagram a los 22 años

A los 22 años, Dilanch Saucedo vive una de las formas más codiciadas del sueño millennial: viaja por todo el país (aunque a veces también al extranjero) para fotografiar impresionantes panorámicas, arquitectura, rincones inaccesibles y hasta paisajes submarinos. Luego publica sus imágenes en Instagram, recibe miles de likes y —lo mejor— le pagan por ello.

Un vistazo rápido a su feed revela también retratos coloridos, paisajes de ensueño, tomas cenitales de composiciones perfectas… En fin, postales que todo instagramer querría fotografiar.

La pregunta obvia que todos ustedes se están haciendo —y que yo también me hice cuando lo conocí— es: ¿cómo lo hace? ¿Cómo logró, tan joven, convertirse en un fotógrafo solicitado por marcas como Timberland o las Secretarías de Turismo del país?

Su historia comienza con un viaje a San Miguel de Allende, Guanajuato, durante las vacaciones de Semana Santa de 2016. Por entonces, Dilanch tenía 19 años y estudiaba el tercer semestre de Arquitectura (una carrera a la que llegó casi por inercia, sin estar convencido de querer cursarla). La aventura iba a durar una semana, pero se prolongó tres. “Sabía que me iba a atrasar con algunas materias, pero decidí quedarme y ponerme al corriente después”, me cuenta con la ligereza de quien sabe que tomó la decisión correcta. Pasó esos días fotografiando las “instagrameables” calles de San Miguel mientras en algún lugar se le iba instalando el impulso creativo. O quizá iba despertando, porque, según me cuenta, el interés por la foto, aunque de manera inconsciente, siempre estuvo ahí.

“Nunca tuve una cámara propia”, me confiesa antes de anotar que de niño usaba una cámara que pertenecía a su tía. Su primera publicación en Instagram —hecha el 21 de marzo de 2014— comprueba sus primeros coqueteos con la selfie.

El detonador definitivo fue un Instameet al que asistió en Coyoacán. En esos encuentros que solían organizar los creadores de contenido de la plataforma se reunían usuarios con cuentas grandes, con seguidores que se contaban en decenas de miles, para compartir experiencias, consejos e ideas. “Ese fue el momento en el que dije: ‘yo también quiero hacer eso’”.

Para entonces, Dilanch no era un usuario tan activo de Instagram, sino de Twitter. Y uno más bien particular. “Era un tuitero hater, aunque a veces también escribía cosas cagadas”, dice un poco apenado. Esa dinámica, sin embargo, atrajo unos mil seguidores que se mudaron con él a la red social de fotos.

Aquí es donde comienza el trabajo duro.

Cuando comenzó a alimentar su Instagram con el objetivo de hacer crecer su cuenta, Dilanch ya había dejado la escuela y había comenzado un trabajo en un bufete de arquitectos “con horario godín”.

“Ellos estaban completamente conscientes de lo que hacía y me daban muchos permisos. A veces me iba a viajes en fin de semana y me tomaba de viernes a lunes”.

En 2018 viajó a Rusia para el Mundial de futbol. Podrán imaginar que una experiencia de ese calibre deja cierta resaca. Al volver, en su primer día con los arquitectos, decidió que no quería estar más ahí; había probado las mieles del mundo y no estaba dispuesto a renunciar a ellas.

Desde entonces, ha concentrado todos sus esfuerzos en mejorar sus habilidades como fotógrafo “picándole a la cámara y viendo videos de YouTube, aprendiendo técnicas de edición”, siempre con la calidad antes que la popularidad. Por eso no se considera un influencer. De hecho, le incomoda el término.

“Todavía no tengo una cuenta con tantos seguidores —tiene 35 mil 500— y trabajo con una intención más inspiracional que aspiracional. Me gusta compartir mis conocimientos, lo que aprendo”.

Es consciente de dos cosas: sus fotografías tienen un pasado que atesora (“conservo selfies y fotos que tomaba en mi cuenta hace años, me gusta bajar y ver lo que hacía antes y lo que hago ahora”) y que las redes sociales no son eternas. Por eso, ya trabaja en proyectos alternos “fuera de Instagram”, con marcas y otros clientes, con los que sus fotografías alcanzan otras dimensiones.

¿Sobre las desventajas de vivir de tu Instagram? Dilanch no encuentra prácticamente ninguna, salvo que “no tienes una quincena regular y te tienes que acostumbrar a que los pagos llegan en tres o seis meses. A veces firmas un contrato con alguna marca y mientras dure la campaña no puedes hacer trabajos con la competencia; si te llega una oferta mejor, no la puedes tomar”.

¿Se arrepiente de haber dejado la escuela para perseguir su sueño? Definitivamente no: “Nos acostumbran a que el único camino para que tu vida sea redituable es la escuela, tener una licenciatura o una ingeniería… Si más personas pudieran explotar su faceta artística desde niños o jóvenes, habría mucha más gente creando cosas increíbles”.

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