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Comí insectos por primera vez y sobreviví sin vomitar

¿Comerías insectos aunque les tuvieras pavor? Para una persona que le tiene miedo a los insectos (como yo), llevárselos a la boca no es una opción. Pero qué mas da: yo decidí probar dos de los más comunes en México para saber por qué la gente los ama tanto.

La entomofagia o ingesta de insectos es una práctica que existe, posiblemente, desde el inicio de la civilización. Muchos consideran a los chapulines, escamoles o chinicuiles como un manjar, pero hay personas que no soportan la idea de considerarlos alimento.

Desde que tengo memoria, los insectos son uno de mis peores enemigos. No porque tenga una historia traumática de cuando era niño o porque crea que tienen un plan malévolo contra mí —aunque a veces creo que las hormigas escalan cinco pisos para meterse en mi recámara sólo para molestarme—, sino porque ver tantas patitas y colores es simplemente algo que me desagrada. Tan sólo de pensarlo, se me pone la piel chinita. Por eso, jamás hubiera considerado comer alguno de estos animalitos… hasta que no tuve otra opción.

Pasó cuando estaba en la presentación de un nuevo restaurante de comida mexicana. Como es natural, nos sirvieron diferentes platillos para conocer su oferta; lo que no esperaba era que en uno de los platillos tuviera como ingredientes estrella a chapulines y gusanos de maguey.

En el plato frente a mí estaba un taco de lengua de res con chapulines. Una tostadita con gusanos de maguey y guacamole a su lado. El dúo era la pareja perfecta para una foto de Instagram, pero hasta ahí. No metería eso en mi boca.

Una tostada con chapulín.
El dúo de bichos estaba acompañado de un panucho libre de insectos. (Foto: Rogelio Loredo Mafud)

Lo primero que pensé fue dejarlo intacto sobre la mesa a la espera de que el mesero lo recogiera, pero la presión social comenzó a jugar su papel. Todos comían felizmente su taquito. Todos menos yo. De repente, comencé a sentir una que otra mirada de desaprobación. (Era eso o quizá les había gustado tanto que luchaban internamente para no preguntarme “¿te lo vas a comer?”). No quería ser el único en regresar el plato intacto.

Tras unos minutos de debatir si me comía los bichos, respiré hondo y tomé con delicadeza una de las orillas de la tortilla. Aunque fuera por primera y única vez en mi vida, tenía que probarlo y tratar de entender por qué tanta gente queda extasiada al comer insectos.

No sé cuál fue mi cara al tener frente a mí el chapulín, pero algo me dice que no fue la mejor. Dos mujeres que estaban sentadas frente a mí terminaron asqueadas con sólo ver mi reacción.

Tomé una pausa, respiré y metí la tortilla con el chapulín a mi boca. En un solo bocado todo había desaparecido. Yo, mientras, trataba de descifrar su sabor.

Como si se tratara de un recuerdo traumático, el momento de masticar el chapulín es algo que recuerdo vagamente. Creo que entré en shock. Cada mordida me dejaba escuchar claramente lo crujiente del insecto. Mi lengua sólo recuerda lo salado. No me desagradó el sabor, pero tampoco fue algo que me haya encantado.

¡Al fin! Había logrado comer mi primer insecto… pero aún había más: dos
rechonchos gusanos de maguey color cobre y, eso sí, refritos. Los veía con miedo a descubrir que se movían.

Decidí (¿decidí?) no ser tan “valiente” como para probarlo solo, así que preferí atiborrar la tostadita de guacamole y darle el toque picante del rábano.

Eso no fue suficiente para disiular del todo el sabor. Luego de la primera mordida noté que el gusano tronaba más que la tostada en sí. En este momento trataba de mantener la comida dentro de mi boca y pensar que esto terminaría pronto.

Si me hubieran vendado los ojos y ordenado comer lo que estaba frente a mí, ni los chapulines ni los gusanos de maguey me hubieran molestado. Es más, hubiera pensado que se trataba de chicharrón, porque a eso me supo.

Un vaso con agua de horchata fue el que me rescató y me ayudó a olvidar el sabor de los bichos. Tenía sentimientos encontrados, una lengua confundida y un estómago un poco revuelto más por órdenes del cerebro que por los sabores que acababa de probar.

Un chapulín y un gusanito no son los peores insectos que uno puede probar. Hay gente que paga 500 pesos por un taco de tarántula o por otros insectos de aspecto mucho más aterrador, como ciempiés o alacranes.

Al final, valió la pena salir de mi zona de confort y probar dos de los alimentos más tradicionales de nuestro país; pero mi fobia a los insectos me imposibilita a, siquiera, considerar ordenar alguno en el próximo restaurante al que vaya.

1 comment on “Comí insectos por primera vez y sobreviví sin vomitar

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