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Nuestro amor sobrevivió al fin de Blockbuster

Nunca fui un niño que amara demasiado el cine. Es cierto que a los tres años mi pasatiempo favorito era mirar una y otra vez El rey león —al punto de poder recitar muchas de sus líneas de memoria—, pero pasada la euforia, las películas ocuparon un lugar más bien secundario en mi lista de intereses.

Al crecer, fueron pocas las cintas que lograron engancharme, quizá porque mi experiencia fílmica se había forjado en la pantalla chica con las comedias románticas repetidas hasta el cansancio en la televisión abierta.

Sobra decir que nunca fui una persona de sala oscura y palomitas. Sin embargo, de vez en cuando me encontraba con alguna historia que captaba mi atención, sobre todo si estaba relacionada con la que entonces era mi pasión número uno: la música.

Como muchos otros niños nacidos en los noventa, me hice adicto al Nintendo 64. Naturalmente, llegó un momento en que mi demanda de nuevos títulos se hizo incosteable. Entonces, Blockbuster entró por primera vez en escena: durante las vacaciones, mamá me llevaba cada semana a elegir uno o dos juegos nuevos que intercambiaba por otros en la siguiente visita. El ritual era casi siempre idéntico: apenas cruzábamos las puertas de cristal, soltaba su mano y corría directo al pasillo de las novedades, sin reparar siquiera en los anaqueles con DVDs y cintas VHS.

Como ocurrió con El rey león, la afición se extinguió pronto y dejé de visitar el local.

En 2009, poco antes de cumplir 16 años, conocí a Nicole en la escuela de música. Tímido como siempre había sido, tuve que dejar que el Universo —o la fortuna, o la fuerza del destino, llámenlo como quieran—, hiciera lo suyo. Me conquistó desde la primera sonrisa, pero supe disimularlo (ella jura que no).

Desde el principio la química jugó a nuestro favor: comenzamos a estudiar juntos y en un par de semanas ya habíamos repasado gustos musicales y libros predilectos. Nicole había dejado claro que era una cinéfila consumada. Desde luego, traté de evitar esa conversación, pero sabía que el momento iba a llegar tarde o temprano.

Y llegó.

—Tu película favorita —preguntó ella. Sentí un pequeño ataque de pánico. Nicole realmente me gustaba; no quería echar a perder esa conexión que había crecido de forma tan auténtica.

Me sinceré:

—La última película que vi en el cine se estrenó hace dos años —confesé avergonzado—: Across The Universe, un musical inspirado en la música de los Beatles.

Across The Universe (Julie Taymor, 2007)

Para mi sorpresa, Nicole, que de manera insólita superaba el promedio de películas vistas por alguien de su edad, no conocía la que yo consideraba por entonces mi favorita (porque había que tener una, ¿no?). Aunque en ese momento pareció no darle demasiada importancia a mi revelación, años después admitiría que esa misma tarde fue a conseguir una copia a Blockbuster.

Lógicamente, los sentimientos hacia ella despertaron en mí un renovado interés por el cine. Pero no a la manera de un esnob; mi curiosidad era genuina. Necesitaba saber qué encontraba ella en ese arte que yo había desdeñado con tanta apatía. Si la chica que ahora ocupaba todos mis pensamientos lo amaba con tanto fervor, tenía que descubrir por qué.

Por eso, nuestro primer año de novios transcurrió al cobijo de visitas semanales a Blockbuster (el que estaba a unos metros de su casa, desde luego, porque el de mi infancia había sido transformado en lavandería con servicio de 24 horas).

Aprendí que recorrer esos pasillos no suponía simplemente un trámite de elección. El placer del cine empezaba ahí, con las miradas que intercambiábamos de una repisa a otra, con el entusiasmo de algún descubrimiento o con sus emocionantes lecciones de géneros y corrientes. Nicole y yo adoptamos ese Blockbuster como escenario de nuestra tertulia amorosa.

Cuando ese mismo año la empresa se declaró en bancarrota, ambos supimos que no pasaría mucho tiempo para que esa parte de nuestra relación tuviera que modificarse.

El fin de la marca en México ocurrió oficialmente en 2015. Para entonces, Nicole y yo ya habíamos encontrado nuevos refugios y nuevas maneras de descubrir el mundo. El golpe caló en la nostalgia pero no en la historia.

El día en que nuestro Blockbuster cerró, le pregunté cuál era su mejor recuerdo de aquel sitio. Sin titubear, giró hacia mí, me besó y dijo: “éste”.

Blockbuster se declaró en bancarrota en 2010. (Foto: AP)

2 comments on “Nuestro amor sobrevivió al fin de Blockbuster

  1. Javier Monroy

    Cuando ustedes aún eran unos niños, yo trabajaba en ese mismo local que frecuentaban, pero, en aquel entonces, se llamaba “Macrovideocentro”.

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  2. Angel Soto campuzano

    La nostalgia es un alimento para las historias de amor y te recuerda que no debes dejar de alimentarlo.
    Historias como ésta nos hacen revivir nuestras propias historias.

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