Entrevistas

Una computadora gratis no los hizo menos pobres

En la novela 2001: Una odisea del espacio, de Arthur C. Clarke, un grupo de homínidos descubre un monolito creado millones de años atrás por una forma de inteligencia extraterrestre de naturaleza desconocida. El propósito de este instrumento, según la trama del escritor británico, es dar seguimiento a un experimento evolutivo que culminará con la consolidación de la raza humana como especie inteligente en la Tierra.

La interacción con estos artefactos detona el desarrollo tecnológico en aquellos hombres prehistóricos. A través de cierta manipulación, expande su pensamiento y les concede la habilidad de aprender a diseñar y utilizar herramientas. En otras palabras, los transforma en humanos capaces de sobrevivir con sus propios recursos.

A algo similar aspiran ciertas políticas de inclusión digital de América Latina, guiadas por esa herencia de la ciencia ficción que asocia el progreso y el incremento de oportunidades con el acceso a la tecnología. La realidad, sin embargo, suele remar en sentido contrario.

En el libro Familias pobres y computadoras (Océano, 2018), las investigadoras Rosalía Winocur y Rosario Sánchez Vilela persiguen los claroscuros de la apropiación digital entre los miembros de las comunidades más pobres de Uruguay (aunque el caso es paradigmático y se replica en otras regiones hispanoparlantes, México incluido).

Su interés surge tras la proliferación de programas cuyo propósito fundamental era generar condiciones de equidad en el acceso a las nuevas tecnologías. En el país sudamericano, esta iniciativa creada en 2007 se llamó CEIBAL (Conectividad Educativa de Informática Básica para el Aprendizaje en Línea). Para llevarla a cabo, el gobierno repartió cientos de computadoras personales de un modelo denominado XO, conocido también como “la computadora de los 100 dólares” o Ceibalita.

Diez años después de su implementación, Sánchez Vilela y Winocur realizaron 125 entrevistas a las familias beneficiadas con las laptops. Sus conclusiones son tan asombrosas como desconcertantes: contrario al pensamiento común —y a la trama de Clarke— el acercamiento a la tecnología no fue sinónimo infalible de la adquisición de habilidades o mejoras en conocimientos específicos como las matemáticas o la lengua.

Sin embargo, cuenta Winocur en entrevista, gracias a las XO “pasaron otras cosas”.

“Las personas de escolaridad muy baja no terminaban de entender y se sentían muy torpes frente al artefacto. No obstante, cuando comprendieron que ahí se podía acceder a cualquier información, —después de pasar un poco la frustración—, se ponían a buscar en Google desde capítulos de sus telenovelas, hasta información sobre las huelgas, noticias, etcétera”.

Rosalía Winocur sostiene su libro Familias pobres y computadoras. (Foto: Ángel Soto)

“Estas personas que dejaron de leer y escribir hace muchos años —continúa Rosalía— de repente empezaron a leer todos los días. Eso no puede traer más que cosas buenas. Y no hay una evaluación que se preocupe por eso. A mí me parece mucho más importante, no hay que despreciarlo”.

La introducción de computadoras en núcleos familiares que jamás habían convivido con ellas trastocó la dinámica familiar de muchas formas. Para empezar, la facilidad con la que niños y jóvenes se adaptaron a la tecnología revirtió la relación de poder natural entre padres e hijos.

“Eso crea ruidos. Para los padres la tecnología del lápiz y el papel implicaba un disciplinamiento social muy fuerte: te tenías que lavar las manos, no podías saltarte el renglón, si manchabas tenías que hacerlo de nuevo… Eso se internaliza; es muy difícil para un adulto romper esa lógica. En cambio, los niños que nacieron con la tecnología touch exploran el mundo, tocan, no tienen sentido del riesgo, se equivocan y vuelven a empezar. Les resulta tan fácil porque lo que hace la computadora es habilitarles esa tendencia primaria de manejar el mundo con las manos. En cambio, los adultos han internalizado tanto esa disciplina social vinculada a la lectura y la escritura, que manejar la computadora les resulta contraintuitivo. Se acercan instintivamente, pero tienen miedo de romper, de ensuciar, de descomponer. Eso los infantiliza frente a sus hijos. A ningún hijo le gusta que su padres se comporten como niños pequeños. Los niños en general apoyan a sus padres, pero llega un momento en que se fastidian. Esa experiencia les resulta antinatural”.

Para muchas familias, la experiencia con las XO también resultó un ejercicio de empoderamiento. Winocur recuerda un caso emblemático:

“En los sectores populares, los médicos y maestros tienen mucho poder. Recuerdo a una señora que había llevado a sus hijos con un problema de obesidad. El médico había recetado a los niños una medicina para adelgazar. En casa, esta señora le pide a su hija que busque en Google y resultó que la medicina que le habían dado tenía anfetaminas. Además, ahí también decía cuáles eran los riesgos de tomarla. La señora estaba indignada, porque el médico no le había dicho que podía tener efectos secundarios. Entonces fue y le reclamó”.

En el libro, las autoras resaltan que a finales de 2011, cuatro años después de la implementación del programa, una evaluación reveló que “un gran número de aparatos estaban descompuestos o bloqueados, que su uso había disminuído en el hogar y en el aula y que no se había producido un impacto significativo en el aprendizaje de las habilidades básicas de matemáticas de lectoescritura”. No obstante, 90 por ciento de las familias estaba conforme con su computadora.

Quizá, como dijo Rosalía Winocur, el punto no era manipular a los usuarios para expandir su pensamiento en áreas específicas —como lo hicieron los monolitos de Clarke—, sino disminuir al menos una dimensión de esa brecha que aún es amplia.

Después de todo, como lo constataron las autoras, el pensamiento de esas familias sí se expandió gracias a las computadoras, aunque no las hizo menos pobres.


“Personas que dejaron de leer y escribir hace muchos años, de repente empezaron a leer todos los días. Eso no puede traer más que cosas buenas”. (Foto: Ángel Soto)

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